EL ORIGEN DE LOS CONSTRICTORES

CAPÍTULO UNO. CAZADORES

Los tres cazadores tenían a la serpiente acorralada contra un promontorio rocoso. En aquella zona, al norte de la isla, la tupida jungla que cubría la mayor parte de su superficie daba paso a un área montañosa jalonada por riscos como aquel. Armados con lanzas dardo, los tres individuos se aseguraban de cortarle al reptil cualquier intento de huida pero sin llegar a hostigarlo.

La serpiente siseaba sin cesar, amenazante. Era una boa constrictor de décima generación y categoría cinco, las más grandes. Esta en concreto alcanzaría fácilmente los seis metros y cerca de sesenta kilos. Un auténtico monstruo. Y temible. No sólo por su capacidad para «abrazar»: el veneno de la décima generación era tan abundante como letal. Estar enroscada sobre sí misma le permitía elevar la parte superior de su cuerpo por encima de los dos metros. Semejante envergadura, junto con la amenaza constante de sus colmillos, mantenía a raya a sus enemigos que, prudentes, esperaban con paciencia la oportunidad de pincharla desde la distancia.

De apariencia humanoide, los tres cazadores rondarían los dos metros de altura. Fuertes y delgados, poseían narices chatas y orejas diminutas. Dos de ellos carecían por completo de vello corporal, incluido cuero cabelludo y cejas, mientras que el tercero tenía una abundante melena blanca con cejas del mismo color, muy inusuales entre los constrictores. Todos tenían manos semejantes a garras, con tres dedos gruesos terminados en uñas puntiagudas, piel color verdoso marronáceo recubierta por escamas y ojos amarillentos con pupilas verticales.

Unos quince metros detrás de ellos, camuflados entre la espesura, dos humanos, una mujer y un hombre, observaban la escena sin apenas respirar. Tenían sus criocerbatanas listas para ser utilizadas, y eran muy conscientes de que se la estaban jugando: si les detectaban antes de tiempo, sus opciones de salir vivos contra tres constrictores adultos eran prácticamente nulas. Por suerte, los seres estaban de espaldas: tan solo la boa miraba más o menos de frente en dirección a su escondite.

Desde sus primeras apariciones, hacía unos meses, la Resistencia había comprendido la seriedad de la amenaza que suponían los constrictores. Con la fuerza de dos hombres y la velocidad de un caballo, eran virtualmente imposibles de vencer en combate; se decía que veían en la oscuridad, podían detectar una presa a treinta metros, apenas necesitaban alimentarse una vez a la semana, y, sobre todo, estaban completamente desprovistos de empatía.

Unos soldados perfectos que la Hermandad había tardado décadas en desarrollar, y con los que planeaba construir su nuevo ejército.

Aunque su origen estaba sumido en el misterio, la Resistencia había podido averiguar que los constrictores eran, genéticamente, híbridos humano-boa. Y la instalación de cría donde los estaban produciendo, estaba justo aquí, en la isla de Ohr… Por eso habían enviado a dos de sus miembros a recabar información.

Repentinamente, la monstruosa serpiente se quedó quieta con la mirada fija en el escondite de los humanos. Un escalofrío recorrió sus espaldas, erizándoles hasta el último vello del cuerpo…  El animal los había detectado.

Afortunadamente, el constrictor de pelo blanco aprovechó la distracción momentánea de su presa para intentar ensartarla con su lanza. Furiosa, la boa se revolvió, lanzándole una dentellada malintencionada que le alcanzó de lleno en la pierna izquierda. Un mordisco letal. El constrictor no se inmutó; agarrando a la serpiente por debajo de la cabeza, la sujetó con fuerza contra su pierna mientras ella se retorcía, intentando zafarse. Sin perder tiempo, sus dos compañeros atacaron al unísono y le clavaron al reptil sus cargas sedantes. El efecto fue fulminante: en un instante, la boa se relajó por completo con los colmillos aún clavados en su presa.

Era el momento perfecto. Sin moverse de su escondite y en perfecta sincronía, ambos humanos dispararon sus criocerbatanas. Los proyectiles inteligentes no tuvieron problemas para encontrar sus objetivos, y los dos compañeros del constrictor de pelo blanco se desplomaron en el suelo, sin vida.

El de la cabellera blanca, aún con la serpiente amorrada a su pierna, contempló confundido lo que pasaba. La confusión le duró apenas un instante: inmediatamente, giró su cabeza hacia la maleza y, sacando la lengua, olfateó en su dirección. En un abrir y cerrar de ojos, les había localizado. Emitiendo un chillido agudo, se zafó del reptil y echó a correr hacia ellos.

Afortunadamente, el veneno de la serpiente llevaba rato haciendo efecto. El híbrido humanoide reptiliano apenas fue capaz de dar media docena de pasos antes de desplomarse.

Mucho más aliviados de lo que hubieran estado dispuestos a admitir, los dos humanos abandonaron su escondite, acercándose con cautela a los constrictores. Tras asegurarse de que estaban totalmente fuera de combate, los desvistieron, los ocultaron en la maleza y se pusieron sus uniformes.

Instantes después, partieron en dirección al Íncubo.

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